martes, 22 de enero de 2019
Últimos Premios y libros
También he publicado "La tierra más frágil" en la editorial Catorcebis.
Más información en: https://www.facebook.com/angela.alvarez.351
Comprar mis libros: https://www.amazon.es/s/ref=nb_sb_noss?__mk_es_ES=%C3%85M%C3%85%C5%BD%C3%95%C3%91&url=search-alias%3Daps&field-keywords=angela+alvarez+saez
miércoles, 1 de junio de 2016
LA COLUMNA ROTA.- FIRMA EN LA FERIA DEL LIBRO DE MADRID
martes, 17 de diciembre de 2013
martes, 8 de julio de 2008

Tacto
(De la Torre de las Tortugas)
Estos dedos han congelado en un hilo de aliento la ruta de las transgresiones, las tallas de los asirios y los símbolos sacros.
Esta piel ha sentido las cavilaciones de los primeros homínidos, el aire cincelando la sierpe de la historia,
la carne de la carne de la carne.
Este cuerpo ha tenido entre sus manos las herramientas más primitivas y los brotes de la tecnología.
Estos dedos han tocado un pez respirando en otros dedos, en el germen de otros párpados, de otra pupila, de otro vientre.
Este dedo índice ha aplastado civilizaciones como hormigas y ahora está suspendido como una pluma sobre el fin de una nueva sociedad demasiado antigua.
Esta piel siente el color de todas las demás razas. Siente los holocaustos, la rugosidad, los volcanes, las ilusiones, el exilio, los poros, los crímenes, los surcos y las creencias de todas las demás pieles.
Porque esta piel es un cúmulo de oleajes, de marejadas. Es un niño que ha sido muy viejo.
Y en todas y cada una de las cicatrices de la epidermis hay un rastro de la verdad que nos descubre el presente.
Lo que dejamos atrás y lo que olvidaremos.
El imperio perdido de las tortugas.
martes, 12 de febrero de 2008
Las Versiones del Tigre (Ed. Vitruvio, 2007)
Los recuerdos
En el interior de la casa hay un patio con una fuente en el medio. El patio es rectangular. Sin embargo, en la mirada de la mujer tiene forma de círculo –aunque el lugar es el mismo, la mujer lo percibe como una sucesión de momentos-. La mujer da una vuelta alrededor de la fuente y se encuentra con una niña que trepa por una enredadera que conduce a la infancia. La mujer llama a la niña y ésta, después de mirarla con sus mismos ojos, desaparece por el tejado. La mujer, sorprendida por el suceso, decide dar otra vuelta alrededor de la fuente. Esta vez no aparece nadie. Pero unos versos se le agolpan en la boca. La sensación de pérdida levanta los adoquines y humedece la cal de las paredes. La mujer quiere huir de ese recuerdo y da una tercera vuelta. La frescura del aljibe despliega en el balcón un mapa con un camino trazado. Antes de que la mujer logre memorizar la ruta, el mapa desaparece. Los recuerdos están colgados en unas perchas que salen del techo. Parece un tendedero de pescado. La mujer cierra los ojos y siente el patio como es: rectangular, con el empedrado, los tiestos colgados de las ventanas, los cántaros y los tres escalones irregulares que dan a la cocina. La mujer se duerme dentro del murmullo del agua. Y sueña con una niña que tiene sus mismos rasgos. La mujer comienza a trepar por la enredadera detrás de la niña.
Los antihéroes
A los antihéroes se les conoce por su andar indeciso, con un pie siempre más retrasado que el otro y por su cabeza inclinada hacia la búsqueda. El antihéroe se toma un café por las mañanas, va al baño en los restaurantes y exhibe públicamente sus miedos, colgados del pomo de la entrada o de sus ademanes torpes. El antihéroe se define a sí mismo como una persona normal, pero en realidad está construido con los pedazos rotos de la palabra creencia. Un pedazo de guión de una película independiente. Un trozo de vanguardia, otro de novelas desestructuradas. Un pedazo de yo fragmentado o de consulta psicoanalítica. Un sobrenombre surrealista o el apartamento de un neurótico. Los antihéroes, como su propio nombre indica, tienen las cualidades contrarias a las de los héroes: no son guapos, no son musculosos, no son valientes, ni mucho menos el yerno que toda madre querría tener. Muchos antihéroes suelen llevar cordones en los zapatos y gafas de pasta. Son tímidos, compulsivos y fetichistas de los pies. Sus sueños son diurnos y son tan cobardes que no se atreven a montarse en las atracciones de las ferias. Incluso les da miedo coger a su hijo recién nacido y prefieren observar su fragilidad detrás de un cristal. Los antihéroes tienen el pulso tembloroso y siempre tiran el caldo encima de la mujer gorda. Cuando éstos caminan por la calle parecen estar atravesando bosques muy densos y tienen la costumbre de no pisar las líneas que se forman debido a las intersecciones de los adoquines. En la literatura se expresan mediante un monólogo interior desorganizado e incoherente. Y su falta de moral les hace ir en busca de algo que dé sentido y lo pierden en el intento. A los antihéroes se les conoce por su andar indeciso y por su cabeza inclinada hacia la búsqueda. ¿Qué es lo que han perdido? Los antihéroes van buscando su mitad divina. Porque aunque ellos no quieran reconocerlo, hoy en día son tratados como verdaderos héroes, algo que obviamente no son, al ser su mitad mortal más fuerte de lo que los dioses habían imaginado cuando se les ocurrió engendrarlos. A los antihéroes les asustan los relojes y los perros, les gusta la comida china y se toman un güisqui antes de terminar este texto. Los antihéroes se pierden entre los espacios en blanco del poema. Mitad hombre. Mitad sentido de pérdida.
lunes, 11 de febrero de 2008
El día que nevó sobre el naranjo (Ed. La Palma)

El primer poema de los que he colgado a continuación, es un poema dedicado a la memoria de mi tía Tere, que murió de cáncer, aunque también puede hacerse una lectura de él referente al miedo en general, ese miedo circular y asfixiante que nos invade a todos en algunos momentos de la vida, sin que no lo haya habido ningún detonante. Os dejo con los poemas, que son casi relatos:
Los miedos
La cabeza está calva. La silueta de una mujer sin pelo dibujada en un cristal. La ventana está calva. Detrás el día es tormenta. La tarde a punto de estallar como una bomba de agua. El estruendo no se produce. Tan sólo es un a punto de. La mujer está calva. En la cabeza tiene una cicatriz. Cinco centímetros de muerte. La muerte está calva. La muerte es una reina calva que desciende un tobogán. La mujer calva toma antidepresivos. Tiene una mancha en la cabeza. La mancha es un reflejo de la herida. Y las imágenes reflejadas no provienen de los espejos –aunque esa sea la creencia mayoritaria.- La herida no se ve. La mujer tiene una herida que late en sus sienes. Una herida que no tiene mapa ni brújula. Que aflora en la cabeza calva. La herida es de la naturaleza de los recuerdos. La mujer calva no sabe olvidar. Mira a través del cristal y descubre que al otro lado hay un tigre. El tigre no toma antidepresivos. La mujer calva tiene miedo de un tigre que no toma antidepresivos. El tigre está en una jaula de cristal con forma de lluvia. La mujer tiene miedo de un tigre enjaulado. Y el tigre quiere tocar la cicatriz de la cabeza de la mujer pero se lo impide un cristal. La mujer sabe que el tigre quiere tocar sus cinco centímetros de muerte y llora hasta secarse por dentro. La reina calva tiene miedo del tigre que quiere quedarse dentro de la jaula. Los toboganes cada vez son más altos. La pendiente es cada vez más empinada. Y la reina calva no sabe caer. Tampoco hay mapas que enseñen a caer. La mujer calva está a punto de, otra vez. No hay más elementos. La muerte, el tigre, la mujer. Todo gira alrededor de ellos. La mujer se olvida del tigre. El tigre se olvida de la muerte. La muerte se olvida de. La mujer recuerda una ventana. Mira hacia dentro de la ventana. La herida recuerda el dolor y la reina recuerda el tobogán. El tigre abre la boca. No tiene colmillos. La mujer sabía que el tigre no tenía colmillos. El tigre mira la tarde que está a punto de. El tigre tiene miedo de la mujer. En el cristal solo está dibujado un tigre calvo.
Los interiores
Un hotel al lado del mar. Parece un barco que parte sin hacer el más mínimo movimiento. Es de noche. Las farolas están encendidas y las escaleras de caracol se llenan de luciérnagas. Las paredes le parecen más amarillentas. Todo más decadente –como su literatura-. Las ruinas que pueblan la memoria. Las ruinas de la memoria. Alguien le sonrió en aquel lugar hace cientos de años. Su figura recortada contra un muro de arena que se le viene encima. La primera vez que estuvo aquí, en esta descripción, el hotel estaba aislado. Sólo se comunicaba con la civilización por un hilo de nailon que no tenía la consistencia suficiente para estar cerca de ninguna parte. Sin embargo, ahora estamos mirando este mismo hotel y los ojos sienten los obstáculos de otras construcciones contiguas. Casas de veraneo para extranjeros, pistas de tenis y parques con una lluvia muy fina que sube sin cesar por los toboganes. Señor, la maleta. No trae equipaje. Ni tampoco dinero. Pero sabe que tiene el tiempo justo y que puede que sea la última vez. No quiere lastres. Solo el recuerdo de una fisura divide el suelo en diversas formas irregulares– le trae a la memoria una película de Bergman-. El olor a cera quemada. Habrán hecho una hoguera con todos los maniquíes que sobraron. La habitación doscientos diecinueve, la misma que la última vez. Pero él no es el mismo. Eres consciente de que has cambiado, de que sigues cambiando. Gira la llave y al empujar hacia abajo el pomo de la puerta, abre los ojos y los siente entumecidos porque hace mucho que los tenía cerrados.
La habitación tiene una pared de cristal. Se acerca hacia ella lentamente. Y cada vez siente más ese vértigo que le contrae el pecho y no le deja respirar. De nuevo la pared de cristal, el mar como una alfombra mágica y aquel vértigo escanciando zumo de azalea por el suelo de la habitación. No quiere seguir avanzando. Le da miedo reconocerse a sí mismo mirando desde fuera.
(Nota: La imagen es obra de Marina R. Vargas)
Metales en la voz (Ed. Vitruvio, 2006)

I Premio Gran Hotel Canarias
El jurado destacó del mismo "su imaginación y su claridad en la exposición de la soledad y el paso del tiempo".
A continuación podéis leer una muestra de los poemas del libro:
Viento enhebrado a la orilla del mar, prendido de uno de los múltiples pechos de la noche. Has llevado todos los dioses en tu voz. Y aún así no has encontrado el lugar que tan ávidamente buscabas. Una luz se detiene, ingrávida, a tu lado. Espera una respuesta.
* * *
Voces del tiemo ancladas en una plaza de mar, en el mástil d un barco que partió hace años. Alas transparentes desde donde no hay regreso posible. Los pájaros hablan el lenguaje de los que se marcharon. Flexible es su mirada. Río de voces tu memoria.
* * *
En esta noche de ventanas encendidas en alguna parte, he soñado con una mujer que vendía cestas de naranjas y tomillo en una calle de Shangai. Y al amanecer un tren de mercancías inició su recorrido hacia el sur de la memoria.
* * *
Y tu voz, un metal claro en la noche, qe sube, trepa por mi cuerpo desde la roja geometría del vértigo. Una pradera verde por la que cabalga un caballo tan azul como el cielo. Así tu voz y mi miedo. Somos peces enredados en las raíces verdes de los nombres y es imposible saber qué es lo que existía antes del lenguaje. Dímelo tú, con tu voz. Un metal claro en la noche.
martes, 5 de febrero de 2008
La Torre de las Tortugas
IX Premio de poesía joven Antonio Carvajal“Un derroche de imaginismo se fusiona con un torrencial narrativismo discursivo dando rienda suelta a su audacia expresiva, a su riqueza verbal, a su efectismo sensitivo.
Ambiciosa y unitaria es la propuesta de Ángela Álvarez, con la que pretende reconstruir poéticamente la historia de la humanidad mediante la acción conjunta de los cinco sentidos: olfato, gusto, tacto, oído y vista.
La palabra poética y el apunte metapoético conforman el exuberante imaginario de este poemario recomendable por su arriesgada factura y sus audaces hallazgos.”
Ricardo Ruiz, Diario de Burgos, 11.2.2007
“Subida a esta lírica “torre”. Ángela Álvarez va derramando un cántico inquietante y sugerente. La contemplación minuciosa de cuanto gira en su derredor, de cuanto rodea –rodeó– su espacio vital, es ahora objeto de reflexión, razón de amor, íntimo enigma. Pero todo ello, atravesado por los cinco sentidos humanos –los cinco apartados en que se divide el volumen–.”
Jorge de Arco, Publicaciones del Sur, Cádiz, 6.9.2007
Poema sobre el olfato:
Hay algo en los aromas que al igual que en la escritura nos conecta con el inconsciente.
Es la imagen de un puente lleno de luciérnagas justo en el momento en que van a caer todas en el umbral de la casa de los abuelos.
Todas yaciendo sobre el patio de un pueblo que pertenece a los ojos de la infancia en el que jugábamos a los héroes y a los poetas malditos.
Y más atrás aún,
cuando la vida era un cúmulo de experiencias por descubrir, cuando abríamos las manos y nos sorprendíamos por la textura del aire o por el olor a polen en las comisuras del día.
Y esas mismas luciérnagas colgadas en la despensa donde la miel caía en cascadas y el pan era una memoria y un olvido.
Y el tiempo soplando las luciérnagas ya extintas hacia las luces anaranjadas de esta ciudad que ahora duerme boca abajo.
Y puede que estas luces sean los restos de aquellas luciérnagas, de la higuera, las viñas y el sudor que los tatarabuelos plantaron en algún lugar de calles finas como las líneas de una mano.
La ciudad se está abriendo como una espiga de monóxido, como una esperanza que se estrella una y otra vez contra este cielo neutral en el que ya nadie nos dice lo que debemos hacer y en el cual ni siquiera hallamos el cadáver de ese dios omnipotente que todo lo ve y todo lo juzga.
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