jueves, 15 de enero de 2009

Palabras



Lo que podéis leer a continuación lo escribí hace más de dos o tres años, lo he encontrado olvidado en una carpeta de mi ordenador, y he pensado que tal vez a alguien le podía apetecer leerlo.-

Entre el sueño y la vigilia voy abandonando un prado violeta en el que unas mujeres egipcias se cepillan el cabello. La luz que entra por la ventana es de un amarillo sucio, pegajosa. En la mesilla de noche hay una pluma de pájaro naranja. La cojo entre mis dedos y juego con ella, imaginando que es un objeto mágico. Una pluma que puede modificar el tiempo, hacer que vaya de atrás hacia delante, y a la inversa, que se estire y se encoja y se tense como un arco hasta que desaparezca. Una pluma que me haga regresar a aquella primera vez en que mis ojos miraron fuera del líquido amniótico, que me lleven a esa habitación desde la que se verá toda la ciudad durmiendo el sueño de las bestias (toda ciudad tiene el vientre repleto de garras salvajes) y en la que tú descansarás a mi lado, como si no hubiese sucedido nada. Es como si en este momento yo supiese todo lo que ha ocurrido y va a ocurrir en mi vida. Me he convertido en un narrador omnisciente. Y sin embargo, este punto de vista subjetivo por ser la persona que es narrada. Miro el reloj. El tiempo vuelve a concentrarse entre sus tres agujas. Son las once de la mañana.
Salgo a la calle y deambulo por la ciudad buscando algo en qué pensar. El semáforo se cierra y me paro automáticamente. Veo pasar un hombre con un abrigo hasta los pies, el pulso en mis dedos se acelera. Cuando el hombre se gira, descubro que no es él. Las manos las siento frías. El semáforo está en verde y yo avanzo con los músculos sonámbulos. Desde mi encuentro con el hombre del parque no he podido dejar de buscarle de manera inconsciente. Incluso creo que va a aparecer en la cocina de mi casa o en mi dormitorio. Es una sensación extraña. El tiempo fluye y casi no me doy cuenta. Sólo noto las pulsaciones de mis pensamientos nadando hacia el hombre del parque. Un velo se ha expandido ante mis ojos. Todo lo que miro me parece digno de ser amado (también digno de que lo narre, amor y literatura). Las hojas que caen como barcos de una leyenda, los rayos de sol en el rostro. Una mujer se ha detenido a mi lado y me mira por debajo de unas gafas de sol. La reconozco, es una de las tres personas que estaban en el parque. Es una mujer de mediana edad, pelo rubio, esbelta, con un perfil trágico. Lleva los labios color cereza. Me dice en un tono casi imperceptible:

- Creí que no te encontraría. Desde el otro día…

Se quita las gafas de sol con un movimiento nervioso y así puedo ver sus ojos azules (me hacen pensar en el mar que aparece en mis sueños, un mar agitado, poderoso, con la boca llena de espuma.) La mujer me ha cogido del brazo y yo me dejo guiar por ella. Avanzamos por una calle, más bien estrecha, que desemboca en unos jardines. Atravesamos un laberinto de arbustos y llegamos a un café con el frontal de madera lacado en rojo y unos ventanales muy amplios. Nos sentamos en un velador con dos sillas de hierro.

- Cuánto tiempo ha pasado desde…- Su voz enmudece, como si estuviese esperando a que yo dijera unas palabras de alivio.- Creí que el mar habría podido al final con tu idealismo. Pero parece ser que me equivoqué. ¿Recuerdas? Siempre decías que la próxima vez que nos viésemos tú serías toda agua, agua a raudales, que borrarías así todos los deseos… No pensé que fueses a mirar como un escritor.

La miro como quien mira un fuego en medio del océano. Ella se da cuenta y cambia el tono de la conversación.

- ¿Fuiste al final a Méjico? – Me dice. Y yo casi no recuerdo cuándo fue la última vez en que pensé en aquella idea de escapar.

- Todavía estamos a tiempo de ir.- Me mira con unos ojos casi líquidos - Siempre hay tiempo. Siempre queda tiempo.- Repite de manera misteriosa y algo melodramática.

El camarero se acerca a nosotras. Es un chico con aspecto francés. Ojos y cara lánguida. El camarero se va con la bandeja de cristal.

- Ese camarero…- me dice la mujer- Parecía francés. Era tan parecido a aquel chico de la costa. ¿Recuerdas aquel verano? El baile al final de la playa. Y tú queriendo olvidar, mientras el mar iba y venía. La luna muy arriba. Luego pasó aquello…- Se calla a mitad de la frase. Sabe que prohibimos hablar de lo que ocurrió.- Fue un verano extraño. Y eso que hizo un tiempo inigualable. Las noches parecían haberse convertido en un manto rojo, como el de los reyes o los santos.

Entre ella y yo siento que sólo queda distancia. Estamos viviendo dentro de las cuatro paredes de un recuerdo. Creí que nunca se lo perdonaría. Aunque tal vez ella nunca haya sido consciente.

El camarero viene con nuestras bebidas. Ella roza su mano cuando le va a servir el vodka. Parece tan lejos de mí. Creo que si gritase no llegaría a oírme.

Observo cómo se enciende uno de sus cigarrillos. Sus ojos, ahora lo recuerdo, son piedras templadas por la luna. El humo que sale de su boca es denso. Sé lo que está pensando. Eso siempre la ha hecho vulnerable. Ella lo sabe y me odia por ello. Su cuerpo parece una colmena columpiándose al borde de un acantilado, con la miel derramándose eternamente sin llegar nunca a colmar el mar que yace en el fondo del precipicio.

Muy cerca, casi puedo notar su pulso, se sienta una niña con su madre. Su pulso es lento. La niña se balancea con un ritmo dulce y juega con una muñeca de trapo, mientras habla con ella. Su madre, una mujer de mediana edad, con medias negras, falda recta y zapatos de tacón, tiene un cigarro en la mano. Está mirando a través del ventanal del café, diluyéndose entre sus pensamientos como un líquido espeso. En un momento determinado, la mujer no aguanta más, coge a la niña del brazo y desaparecen sin dejar rastro. Yo diría que se desvanecieron, aunque eso no sea posible en términos científicos ni reales. Tal vez, no estaban en esa mesa cercana a la nuestra. Antes dije que podía notar el pulso de la niña. Tal vez, estuvimos en el mismo punto de la historia, pero en dos tiempos que no coincidían. Pero esto no son más que suposiciones. El hecho objetivo es que la madre y la niña estaban y ahora ya no están. Y este hecho ha dejado un rastro de nostalgia dentro de mi mente. Una sensación a lámina de plomo adaptada a mi piel. Esa sensación, unida a una determinada intensidad de la luz del medio día que entra por el ventanal situado a mi izquierda, dibuja dentro de mis ojos las imágenes de un sueño que tuve hace unos años. Las imágenes se van superponiendo unas a otras, sin saber cuál de ellas va primero. Los sueños siempre vuelven en espirales de calor y de frío. Estoy en una habitación. Presiento que es una de las miles de habitaciones de un palacio abandonado. Por debajo de las puertas empieza a filtrarse un charco de sombra. Mis pies están mojados. Me subo a la cama de matrimonio y un hombre casi transparente se sienta de espaldas a mí. Está llorando. Cuando acerco mi mano a su nuca, la figura se desintegra en escorpiones y mariposas amarillas. Hay una escopeta al lado de la mesilla. El hombre coge la escopeta. Lleva una máscara sin agujeros en los ojos. Yo estoy embarazada. La cabeza del niño empieza a salir de mi cuerpo. El hombre apunta la escopeta directamente a mi cabeza. Va a disparar. El niño va saliendo, parece una larva. Dispara.

Las imágenes se van de mis ojos. Ella sigue enfrente de mí. Cada vez me parece más carnal, aún así me mira de una manera ingenua. El tiempo ya no es un niño solitario, el tiempo se ha convertido en una tribu de salvajes que trata de arrancarnos las vísceras para ofrecérselas a un dios.

La he atrapado. Fue difícil la caza. Ella tiene muy desarrollado el sentido de la orientación. Se sabe cada atajo, cada rincón de mi memoria. Y al fin conseguí someterla a las órdenes del recuerdo. En un principio, ella trató de escapar, creía que las cuatro paredes no serían muy consistentes, pero se equivocó. He de confesar que tuve la ayuda de mi sentido de culpabilidad, él fue el que me ayudó a acorralarla, y a hacer que viviese para siempre dentro de esas cuatro paredes blandas. Así se mantiene hermosa y trágica. Y a veces, incluso, se parece al océano.

martes, 25 de noviembre de 2008

La Tribuna de Ciudad Real




Extracto de una noticia aparecida en la prensa (La Tribuna de Ciudad Real, día 22 de noviembre de 2008.)



RECITAL
Aranda y Álvarez definen la POESÍA como un viaje interior
Las poetisas madrileñas hicieron un recorrido por sus obras, impregnadas de experiencias vividas y de mundos imaginarios en torno a poemas cargados de plasticidad y musicalidad
MARTA MOYA / CIUDAD REAL

Las poetisas Verónica Aranda y Ángela Álvarez dejaron ayer patente en el recital que ofrecieron en el Aula Abierta que la juventud no está reñida con la experiencia, algo que ambas han sabido plasmar en sus diferentes obras, sin por ello renunciar a la imaginación o la fantasía, elementos que impregnan sus poemas cargados de imágenes y de musicalidad.

Ángela Álvarez fue la primera en recitar algunos de sus trabajos, escogiendo para empezar uno de sus últimos poemas titulado Compartimento C, coche 193, e inspirado en el cuadro de Edward Hopper, tras el que continuó con un viaje por los sentidos a través de La torre de las tortugas, hasta llegar al plano metafísico de la mano de Las versiones del tigre.

Por su parte, Verónica Aranda comenzó leyendo poemas casi de sus adolescencia, fruto de su primer viaje a la India, en los que recoge los impactantes paisajes del país, junto al contraste entre tradición y modernidad que presenta, además de recitar algunos poemas inéditos de su regreso hace escasos días.

Asimismo, Aranda hizo un recorrido por su trabajo Tatuaje, que como su nombre indica es un homenaje al mundo de la copla «con sus desembarcos, viajes, etc» . Todo un lujo para los asistentes, que pudieron disfrutar de la poesía
más contemporánea de la mano de dos jóvenes talentos.

Un evento organizado por la asociación cultural El Camarote, con la colaboración de la Junta de Comunidades y la UCLM.



Diferentes miradas. Cada poetisa ofreció una breve presentación de su estilo a través de la lectura de sus obras, de modo que mientras Aranda se basa más en la experiencia vivida a lo largo de sus viajes que luego lleva al papel bajo una mirada poética para de alguna manera revivirla, Álvarez tiende más hacia mundos imaginarios con múltiples reflexiones metafísicas. Dos formas de afrontar la poesía
, género que definen como un ejercicio espiritual o «viaje interior para comprenderte mejor a tí mismo y lo que te rodea», destaca Álvarez, mientras Aranda reconoce que «un buen poema es como una buena oración».




Nota: Desde aquí mi más profundo agradecimiento a EL CAMAROTE, por su hospitalidad y su buen hacer en el mundo de la cultura, y en especial a Jesús Rubio.

jueves, 20 de noviembre de 2008

RECITAL DE POESÍA.- Ciudad Real





VIERNES, 21 DE NOVIEMBRE, 20:00 HORAS

Aula Cultural Universidad Abierta (C/ Libertad, 5-7, CIUDAD REAL)

PAPEL TIMBRADO. RECITAL POÉTICO
ASOCIACIÓN CULTURAL EL CAMAROTE

Poetas invitados: Verónica Aranda (Madrid 1982)
y Ángela Álvarez Sáez (Madrid 1981)

martes, 4 de noviembre de 2008

PRESENTACIÓN A LA POESÍA DE VERÓNICA ARANDA



Ángela Álvarez Sáez



PRESENTACIÓN POESÍA DE VERÓNICA ARANDA
- CAFÉ LIBERTAD 03 / 11 / 2008 -



Enfrentarse a la poesía de Verónica Aranda es como trepar por un muro donde crecen sin cesar jardines de nombres exuberantes, geografías impregnadas de realismo mágico, o amantes con olor a jazmín y a renuncia. Su poesía nace en un lugar apartado, escondido entre versos como árboles en los que se funde la tradición con las cicatrices del presente. Porque sus poemas son cuadros en los que los sentimientos se perfilan a través de una bruma azul, cuadros en los que atracan barcos que "llegan desde el Mar Rojo", en los que el lenguaje deja "un rastro de coco y de ciruelas". A veces sus poemas tienen reminiscencias de Julio Romero de Torres, otras, en cambio, sorprenden con elefantes, cúpulas, buganvillas o un volcán de siglos y monzones, todo ello captado a través de "las celosías de la luna".

Leer a Verónica significa nadar en un océano donde los tiempos se confunden, donde el lector se encuentra en la misma ciudad que la autora, aunque transitándola en tiempos distintos, porque sus poemas llegaron con el siglo y lo estrenan por el atardecer. En su poesía hay un diálogo constante entre Oriente y Occidente, entre la historia de la humanidad y el “tú” al que tan desesperadamente se aferra la autora en sus poemas, como se tratara de una tabla de salvación. En sus versos podemos sentir la soledad del que aguarda mensajes “llegados en botellas legendarias”. Podemos intuir esa distancia tan inmensa que nos separa a todos, esa distancia en la crecen los dátiles del tiempo, y que se resume en ese verso maravilloso de la autora que dice: “Ayer anochecía en Kathmandú…”

Verónica recrea las ciudades que ha visitado, transformándolas en literatura bajo su mirada de poeta. Ella guarda en su interior una radiografía de cada ciudad que visita. Luego, siguiendo cada uno de los huesos de esa ciudad, cada nervio, cada huella; trepa por su columna vertebral y nos regala una isla en la que se reflejan las marejadas de nuestro interior.

La autora, conjuga perfectamente el ritmo del poema con la descripción interior y exterior del mundo. Sus poemas son como un paseo a las orillas del Ganges, donde los antepasados dialogan con nuestros recuerdos, donde la morena de la copla “tiene un fondo de puñales lanzados al vacío”, donde "la libertad era un tranvía rojo que cruzaba Lisboa", donde la literatura es esa "distancia exacta entre lo milenario y la renuncia".

En definitiva, la poesía de Verónica Aranda tiene “algo de mito griego y de caballos soltados a la Toscana”, tiene un trasfondo de guitarras, de “arrabales donde convergen todos los silencios”. Es, en suma, una poesía íntima, que describe y recrea cada uno de nuestros lugares interiores. Sus poemas son, dicho con palabras de la autora, como barcos “a punto de zarpar a las Antillas”.

domingo, 2 de noviembre de 2008

Compartimento C, coche 193




La luz entra a través de la tarde y se posa en sus manos como un campo rojo, como una higuera de paz y de silencio.
Los segundos se abren a las orillas del tren,
dejando un rastro de caracolas y caballos naranjas.
Y a su alrededor, el tiempo se expande como un trigal hasta el horizonte.
La luz, piensa ella, es el águila calvo que titila por los libros de algún escritor japonés, alimentándose de los sueños del mundo.
La luz, ya casi extinta, cae sobre el lomo del tren,
como si éste fuera una ballena plateada a punto de salir del mar,
a punto de ocultarse entre los arcos de una catedral de agua.
Y mientras, un paisaje de ríos y de bosques pasa rozando su mirada,
vienen desde lejos estatuas, cuerpos de arena que alargan una mano hacia su memoria.
Recuerdos que se abren como alas de maíz sobre la herida.
Hay un pueblo que se acerca por el oeste, sobre el viento amarillo y el olor a finales de verano.
Cuando la infancia se mecía como caballo de cartón sobre las losas de un cuarto húmedo.
Cuando las colmenas se agolpaban en el aire cargado de lluvia y de lenguajes remotos.
Cuando en las despensas crecía una luna vegetal y las enredaderas de miel tenían la estatura de un niño.
Un pueblo que se riza como una nube y desaparece con el humo blanco del tren sobre las vías.
Más allá, otro recuerdo abre sus puertas, y ella cruza sin preguntar nada,
sin atreverse casi a respirar, ni a poseer un nombre.
La mujer camina sola por las grutas del subconsciente que se eleva como un muro de agua infranqueable,
como un desierto del que brotan arrecifes de coral y desfiladeros abiertos en la carne de una máscara egipcia.
Y la mujer sueña que es un sauce creciendo en algún lugar exótico,
arrastrando sus pies descalzos por los jardines de la Reina Sisodia, aquélla que murió por contemplar de cerca la vida y sus relojes infinitos.
La tarde deja paso a la noche.
Y al tren le nace cola de sirena,
en recuerdo del mar y de la magia perdida.
La mujer sueña que el tren en el que viaja es un pescado enorme que nada por las aguas circulares del olvido,
comiéndose las vidas de los viajeros que encuentra a su paso, para que en el interior de sus vísceras de leche se transformen en algo sólido y tangible,
en un girasol que se curva para recibir la luz de la memoria.
Seres extraños se conjuran en la oscuridad, batiendo sus alas melancólicas, abriendo y cerrando heridas inmemoriales.
A lo lejos, aparece un pensamiento entre la bruma,
derrumbándose, después, como un dios degollado sobre los raíles.
Y la mujer sueña y sueña, levantando la vista del libro y contemplando el paisaje a través de esa ventana veloz, a través de ese hueco que se abrió entre las escamas del pez, entre las raíces de su corazón de abeja.
Sabe que pronto llegará a su destino, que las luces se acercarán como luciérnagas atrapadas en los hilos de la noche.
Sabe que todo lo vivido no será más que un sueño cuando baje al andén, cuando deje de sentir a esa extraña que vive y respira dentro de ella.
La mujer hunde las manos como redes en su memoria y encuentra una isla.
Nadie sabe en qué lugar crecen los sueños, como estrellas de mar secándose al sol del mediodía.
Cuentan que una noche cada trescientos años, un tren abandona sus raíles y llega a la isla de los sueños perdidos.
El tren está llegando a la estación.
Y a la mujer le crecen alas de arena.


NOTA: Este es el poema con el que he sido accésit en los Premios del Tren 2008. Desde aquí mi enhorabuena a los premiados.

viernes, 31 de octubre de 2008

POEMA GANADOR-PREMIOS DEL TREN

PRIMER PREMIO

AQUELLAS CARTAS
Marco Antonio Campos

El ayer llega en el hoy que saluda ya el mañana.
El mirlo cantaba en el haya a la hora del degüello.
Era fines del ’72. Yo atravesaba en tren
Europa occidental, o caminaba, por saber adónde,
un sinnúmero de calles, y en cuerpos ondulados
de jóvenes tenues, o en la delgadez del aire en la rama
de los castaños, o en reflejos, que creaban imágenes,
en aguas del Tajo, del Arno o del Danubio, la creía ver,
y ella lejos, en mí, en Ciudad de México, con sus
clarísimos 19 años, regresaba en verde o azul, para luego irse
y regresar e irse en el ayer que hoy llega para hablar mañana.
Era fines del ‘72, y yo no sabía que el mirlo cantaría para mí
a la hora del degüello. Ella hablaba de amor en mí, por mí, de mí,
pidiéndome que le enviara más cartas, que guardaba
-eso decía- en el color de los geranios sobre los muros
de su casa en el barrio de San Ángel, sabiéndola diciembre
que era de otro, pero yo le escribía cartas y cartas
en el compartimiento del tren de una estación a otra,
bebiéndome milímetro a milímetro la morenía de su cuerpo
como antes, sin saber que la tinta se borraba como
el color de los geranios en el muro de su casa.
Pero al evocar ese ayer convertido en un hoy que es ya mañana,
sin escribir ya cartas entre una estación y otra, me parece
que aún oigo la canción del mirlo a la hora del degüello.

FALLADOS LOS PREMIOS DEL TREN 2008


FALLO DEL JURADO

La entrega de los Premios del Tren 2008, "Antonio Machado" de Poesía y Cuento tuvo lugar el jueves 30 de octubre en el Palacio Fernán Núñez, sede de la Fundación de los Ferrocarriles Españoles.

El Jurado de esta edición estaba formado por: Emilio Lledó (filósofo y escritor); Luis García Montero (Coordinador del Comité de Lectura de Cuento); Jesús García Sánchez (Coordinador del Comité de Lectura de Poesía); Álvaro Salvador (Ganador de los Premios del Tren 2007 de Poesía); Joaquín Tejeiro (Ganador de los Premios del Tren 2007 de Cuento); Manuel Núñez Encabo (Director de la Fundación Española "Antonio Machado"); Juan Miguel Sánchez García (Vocal del Patronato de la Fundación de los Ferrocarriles Españoles), y Juan Altares (Director de Actividades Culturales de la Fundación de los Ferrocarriles Españoles) como Secretario.

"Antonio Machado" de Poesía

1er Premio: "Aquellas cartas", de Marco Antonio Campos

2º Premio: "Último día de marzo", de Javier Vela

Accésit: "Compartimento C, coche 193", de Ángela Álvarez Sáez
"Cambio de agujas", de Juan Antonio Bernier
"Estación de término" Blas Muñoz Pizarro
"El tren de la costa" Juan José Vélez Otero

"Antonio Machado" de Cuento

1er Premio: "El viaje", de Benjamín Prado

2º Premio: "Una enorme tela de araña" Diego Paszkowski

Accésit: "El rey de bastos", de Miguel Barreras Alconchel
"Protocolo", de Pilar Clemente Arellano
"Diálisis de amor", de Juana Cortés Amunárriz
"La campiña inglesa" María Ángeles Torrejón

Los Premios del Tren, “Antonio Machado” de Poesía y Cuento siguen la larga trayectoria marcada por el Premio de Narraciones Breves "Antonio Machado", instituido por Renfe en 1975 y organizado desde 1985 por la Fundación de los Ferrocarriles Españoles. En 2002, después de 25 años del Premio de Narraciones Breves, se convocó la primera edición de los Premios del Tren, “Antonio Machado” de Poesía y Cuento. En 2008 se ha convocado la septima edición de estos Premios.

El número de participantes de esta edición ha sido de 1.440 autores procedentes de 32 países. Se han presentado un total de 1.690 cuentos y poesías, de los que 35 están escritos en catalán, 4 en gallego y 2 en euskera. Los Premios del Tren están abiertos a todos los escritores que presenten trabajos literarios de corta extensión y que incluyan de alguna forma al ferrocarril en su obra.

La dotación del Primer Premio en ambas modalidades asciende a 15.000 euros, un segundo premio de 5.000 euros y 500 euros a cada uno de los restantes seleccionados. La dotación total de los Premios del Tren 2008 asciende a 44.000 euros.

Las obras finalistas se publicarán en el mes de diciembre, dentro de la Colección Premios del Tren.