martes, 25 de noviembre de 2008

La Tribuna de Ciudad Real




Extracto de una noticia aparecida en la prensa (La Tribuna de Ciudad Real, día 22 de noviembre de 2008.)



RECITAL
Aranda y Álvarez definen la POESÍA como un viaje interior
Las poetisas madrileñas hicieron un recorrido por sus obras, impregnadas de experiencias vividas y de mundos imaginarios en torno a poemas cargados de plasticidad y musicalidad
MARTA MOYA / CIUDAD REAL

Las poetisas Verónica Aranda y Ángela Álvarez dejaron ayer patente en el recital que ofrecieron en el Aula Abierta que la juventud no está reñida con la experiencia, algo que ambas han sabido plasmar en sus diferentes obras, sin por ello renunciar a la imaginación o la fantasía, elementos que impregnan sus poemas cargados de imágenes y de musicalidad.

Ángela Álvarez fue la primera en recitar algunos de sus trabajos, escogiendo para empezar uno de sus últimos poemas titulado Compartimento C, coche 193, e inspirado en el cuadro de Edward Hopper, tras el que continuó con un viaje por los sentidos a través de La torre de las tortugas, hasta llegar al plano metafísico de la mano de Las versiones del tigre.

Por su parte, Verónica Aranda comenzó leyendo poemas casi de sus adolescencia, fruto de su primer viaje a la India, en los que recoge los impactantes paisajes del país, junto al contraste entre tradición y modernidad que presenta, además de recitar algunos poemas inéditos de su regreso hace escasos días.

Asimismo, Aranda hizo un recorrido por su trabajo Tatuaje, que como su nombre indica es un homenaje al mundo de la copla «con sus desembarcos, viajes, etc» . Todo un lujo para los asistentes, que pudieron disfrutar de la poesía
más contemporánea de la mano de dos jóvenes talentos.

Un evento organizado por la asociación cultural El Camarote, con la colaboración de la Junta de Comunidades y la UCLM.



Diferentes miradas. Cada poetisa ofreció una breve presentación de su estilo a través de la lectura de sus obras, de modo que mientras Aranda se basa más en la experiencia vivida a lo largo de sus viajes que luego lleva al papel bajo una mirada poética para de alguna manera revivirla, Álvarez tiende más hacia mundos imaginarios con múltiples reflexiones metafísicas. Dos formas de afrontar la poesía
, género que definen como un ejercicio espiritual o «viaje interior para comprenderte mejor a tí mismo y lo que te rodea», destaca Álvarez, mientras Aranda reconoce que «un buen poema es como una buena oración».




Nota: Desde aquí mi más profundo agradecimiento a EL CAMAROTE, por su hospitalidad y su buen hacer en el mundo de la cultura, y en especial a Jesús Rubio.

jueves, 20 de noviembre de 2008

RECITAL DE POESÍA.- Ciudad Real





VIERNES, 21 DE NOVIEMBRE, 20:00 HORAS

Aula Cultural Universidad Abierta (C/ Libertad, 5-7, CIUDAD REAL)

PAPEL TIMBRADO. RECITAL POÉTICO
ASOCIACIÓN CULTURAL EL CAMAROTE

Poetas invitados: Verónica Aranda (Madrid 1982)
y Ángela Álvarez Sáez (Madrid 1981)

martes, 4 de noviembre de 2008

PRESENTACIÓN A LA POESÍA DE VERÓNICA ARANDA



Ángela Álvarez Sáez



PRESENTACIÓN POESÍA DE VERÓNICA ARANDA
- CAFÉ LIBERTAD 03 / 11 / 2008 -



Enfrentarse a la poesía de Verónica Aranda es como trepar por un muro donde crecen sin cesar jardines de nombres exuberantes, geografías impregnadas de realismo mágico, o amantes con olor a jazmín y a renuncia. Su poesía nace en un lugar apartado, escondido entre versos como árboles en los que se funde la tradición con las cicatrices del presente. Porque sus poemas son cuadros en los que los sentimientos se perfilan a través de una bruma azul, cuadros en los que atracan barcos que "llegan desde el Mar Rojo", en los que el lenguaje deja "un rastro de coco y de ciruelas". A veces sus poemas tienen reminiscencias de Julio Romero de Torres, otras, en cambio, sorprenden con elefantes, cúpulas, buganvillas o un volcán de siglos y monzones, todo ello captado a través de "las celosías de la luna".

Leer a Verónica significa nadar en un océano donde los tiempos se confunden, donde el lector se encuentra en la misma ciudad que la autora, aunque transitándola en tiempos distintos, porque sus poemas llegaron con el siglo y lo estrenan por el atardecer. En su poesía hay un diálogo constante entre Oriente y Occidente, entre la historia de la humanidad y el “tú” al que tan desesperadamente se aferra la autora en sus poemas, como se tratara de una tabla de salvación. En sus versos podemos sentir la soledad del que aguarda mensajes “llegados en botellas legendarias”. Podemos intuir esa distancia tan inmensa que nos separa a todos, esa distancia en la crecen los dátiles del tiempo, y que se resume en ese verso maravilloso de la autora que dice: “Ayer anochecía en Kathmandú…”

Verónica recrea las ciudades que ha visitado, transformándolas en literatura bajo su mirada de poeta. Ella guarda en su interior una radiografía de cada ciudad que visita. Luego, siguiendo cada uno de los huesos de esa ciudad, cada nervio, cada huella; trepa por su columna vertebral y nos regala una isla en la que se reflejan las marejadas de nuestro interior.

La autora, conjuga perfectamente el ritmo del poema con la descripción interior y exterior del mundo. Sus poemas son como un paseo a las orillas del Ganges, donde los antepasados dialogan con nuestros recuerdos, donde la morena de la copla “tiene un fondo de puñales lanzados al vacío”, donde "la libertad era un tranvía rojo que cruzaba Lisboa", donde la literatura es esa "distancia exacta entre lo milenario y la renuncia".

En definitiva, la poesía de Verónica Aranda tiene “algo de mito griego y de caballos soltados a la Toscana”, tiene un trasfondo de guitarras, de “arrabales donde convergen todos los silencios”. Es, en suma, una poesía íntima, que describe y recrea cada uno de nuestros lugares interiores. Sus poemas son, dicho con palabras de la autora, como barcos “a punto de zarpar a las Antillas”.

domingo, 2 de noviembre de 2008

Compartimento C, coche 193




La luz entra a través de la tarde y se posa en sus manos como un campo rojo, como una higuera de paz y de silencio.
Los segundos se abren a las orillas del tren,
dejando un rastro de caracolas y caballos naranjas.
Y a su alrededor, el tiempo se expande como un trigal hasta el horizonte.
La luz, piensa ella, es el águila calvo que titila por los libros de algún escritor japonés, alimentándose de los sueños del mundo.
La luz, ya casi extinta, cae sobre el lomo del tren,
como si éste fuera una ballena plateada a punto de salir del mar,
a punto de ocultarse entre los arcos de una catedral de agua.
Y mientras, un paisaje de ríos y de bosques pasa rozando su mirada,
vienen desde lejos estatuas, cuerpos de arena que alargan una mano hacia su memoria.
Recuerdos que se abren como alas de maíz sobre la herida.
Hay un pueblo que se acerca por el oeste, sobre el viento amarillo y el olor a finales de verano.
Cuando la infancia se mecía como caballo de cartón sobre las losas de un cuarto húmedo.
Cuando las colmenas se agolpaban en el aire cargado de lluvia y de lenguajes remotos.
Cuando en las despensas crecía una luna vegetal y las enredaderas de miel tenían la estatura de un niño.
Un pueblo que se riza como una nube y desaparece con el humo blanco del tren sobre las vías.
Más allá, otro recuerdo abre sus puertas, y ella cruza sin preguntar nada,
sin atreverse casi a respirar, ni a poseer un nombre.
La mujer camina sola por las grutas del subconsciente que se eleva como un muro de agua infranqueable,
como un desierto del que brotan arrecifes de coral y desfiladeros abiertos en la carne de una máscara egipcia.
Y la mujer sueña que es un sauce creciendo en algún lugar exótico,
arrastrando sus pies descalzos por los jardines de la Reina Sisodia, aquélla que murió por contemplar de cerca la vida y sus relojes infinitos.
La tarde deja paso a la noche.
Y al tren le nace cola de sirena,
en recuerdo del mar y de la magia perdida.
La mujer sueña que el tren en el que viaja es un pescado enorme que nada por las aguas circulares del olvido,
comiéndose las vidas de los viajeros que encuentra a su paso, para que en el interior de sus vísceras de leche se transformen en algo sólido y tangible,
en un girasol que se curva para recibir la luz de la memoria.
Seres extraños se conjuran en la oscuridad, batiendo sus alas melancólicas, abriendo y cerrando heridas inmemoriales.
A lo lejos, aparece un pensamiento entre la bruma,
derrumbándose, después, como un dios degollado sobre los raíles.
Y la mujer sueña y sueña, levantando la vista del libro y contemplando el paisaje a través de esa ventana veloz, a través de ese hueco que se abrió entre las escamas del pez, entre las raíces de su corazón de abeja.
Sabe que pronto llegará a su destino, que las luces se acercarán como luciérnagas atrapadas en los hilos de la noche.
Sabe que todo lo vivido no será más que un sueño cuando baje al andén, cuando deje de sentir a esa extraña que vive y respira dentro de ella.
La mujer hunde las manos como redes en su memoria y encuentra una isla.
Nadie sabe en qué lugar crecen los sueños, como estrellas de mar secándose al sol del mediodía.
Cuentan que una noche cada trescientos años, un tren abandona sus raíles y llega a la isla de los sueños perdidos.
El tren está llegando a la estación.
Y a la mujer le crecen alas de arena.


NOTA: Este es el poema con el que he sido accésit en los Premios del Tren 2008. Desde aquí mi enhorabuena a los premiados.