domingo, 2 de noviembre de 2008

Compartimento C, coche 193




La luz entra a través de la tarde y se posa en sus manos como un campo rojo, como una higuera de paz y de silencio.
Los segundos se abren a las orillas del tren,
dejando un rastro de caracolas y caballos naranjas.
Y a su alrededor, el tiempo se expande como un trigal hasta el horizonte.
La luz, piensa ella, es el águila calvo que titila por los libros de algún escritor japonés, alimentándose de los sueños del mundo.
La luz, ya casi extinta, cae sobre el lomo del tren,
como si éste fuera una ballena plateada a punto de salir del mar,
a punto de ocultarse entre los arcos de una catedral de agua.
Y mientras, un paisaje de ríos y de bosques pasa rozando su mirada,
vienen desde lejos estatuas, cuerpos de arena que alargan una mano hacia su memoria.
Recuerdos que se abren como alas de maíz sobre la herida.
Hay un pueblo que se acerca por el oeste, sobre el viento amarillo y el olor a finales de verano.
Cuando la infancia se mecía como caballo de cartón sobre las losas de un cuarto húmedo.
Cuando las colmenas se agolpaban en el aire cargado de lluvia y de lenguajes remotos.
Cuando en las despensas crecía una luna vegetal y las enredaderas de miel tenían la estatura de un niño.
Un pueblo que se riza como una nube y desaparece con el humo blanco del tren sobre las vías.
Más allá, otro recuerdo abre sus puertas, y ella cruza sin preguntar nada,
sin atreverse casi a respirar, ni a poseer un nombre.
La mujer camina sola por las grutas del subconsciente que se eleva como un muro de agua infranqueable,
como un desierto del que brotan arrecifes de coral y desfiladeros abiertos en la carne de una máscara egipcia.
Y la mujer sueña que es un sauce creciendo en algún lugar exótico,
arrastrando sus pies descalzos por los jardines de la Reina Sisodia, aquélla que murió por contemplar de cerca la vida y sus relojes infinitos.
La tarde deja paso a la noche.
Y al tren le nace cola de sirena,
en recuerdo del mar y de la magia perdida.
La mujer sueña que el tren en el que viaja es un pescado enorme que nada por las aguas circulares del olvido,
comiéndose las vidas de los viajeros que encuentra a su paso, para que en el interior de sus vísceras de leche se transformen en algo sólido y tangible,
en un girasol que se curva para recibir la luz de la memoria.
Seres extraños se conjuran en la oscuridad, batiendo sus alas melancólicas, abriendo y cerrando heridas inmemoriales.
A lo lejos, aparece un pensamiento entre la bruma,
derrumbándose, después, como un dios degollado sobre los raíles.
Y la mujer sueña y sueña, levantando la vista del libro y contemplando el paisaje a través de esa ventana veloz, a través de ese hueco que se abrió entre las escamas del pez, entre las raíces de su corazón de abeja.
Sabe que pronto llegará a su destino, que las luces se acercarán como luciérnagas atrapadas en los hilos de la noche.
Sabe que todo lo vivido no será más que un sueño cuando baje al andén, cuando deje de sentir a esa extraña que vive y respira dentro de ella.
La mujer hunde las manos como redes en su memoria y encuentra una isla.
Nadie sabe en qué lugar crecen los sueños, como estrellas de mar secándose al sol del mediodía.
Cuentan que una noche cada trescientos años, un tren abandona sus raíles y llega a la isla de los sueños perdidos.
El tren está llegando a la estación.
Y a la mujer le crecen alas de arena.


NOTA: Este es el poema con el que he sido accésit en los Premios del Tren 2008. Desde aquí mi enhorabuena a los premiados.

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