lunes, 11 de febrero de 2008

El día que nevó sobre el naranjo (Ed. La Palma)


La antología El día que nevó sobre el naranjo, fue publicada por Ediciones La Palma, y en él se aunaban poemas de los escritores que compartimos la beca de la Fundación Antonio Gala en el mismo curso.

En esa antología hay diez poemas-relatos míos. Cinco pertenecen al libro Espiral (con el que he quedado finalista en algunos certámenes de poesía, si bien no he llegado a publicarlo al completo) y otros cinco al libro de poemas Las versiones del tigre.

El primer poema de los que he colgado a continuación, es un poema dedicado a la memoria de mi tía Tere, que murió de cáncer, aunque también puede hacerse una lectura de él referente al miedo en general, ese miedo circular y asfixiante que nos invade a todos en algunos momentos de la vida, sin que no lo haya habido ningún detonante. Os dejo con los poemas, que son casi relatos:

Los miedos

La cabeza está calva. La silueta de una mujer sin pelo dibujada en un cristal. La ventana está calva. Detrás el día es tormenta. La tarde a punto de estallar como una bomba de agua. El estruendo no se produce. Tan sólo es un a punto de. La mujer está calva. En la cabeza tiene una cicatriz. Cinco centímetros de muerte. La muerte está calva. La muerte es una reina calva que desciende un tobogán. La mujer calva toma antidepresivos. Tiene una mancha en la cabeza. La mancha es un reflejo de la herida. Y las imágenes reflejadas no provienen de los espejos –aunque esa sea la creencia mayoritaria.- La herida no se ve. La mujer tiene una herida que late en sus sienes. Una herida que no tiene mapa ni brújula. Que aflora en la cabeza calva. La herida es de la naturaleza de los recuerdos. La mujer calva no sabe olvidar. Mira a través del cristal y descubre que al otro lado hay un tigre. El tigre no toma antidepresivos. La mujer calva tiene miedo de un tigre que no toma antidepresivos. El tigre está en una jaula de cristal con forma de lluvia. La mujer tiene miedo de un tigre enjaulado. Y el tigre quiere tocar la cicatriz de la cabeza de la mujer pero se lo impide un cristal. La mujer sabe que el tigre quiere tocar sus cinco centímetros de muerte y llora hasta secarse por dentro. La reina calva tiene miedo del tigre que quiere quedarse dentro de la jaula. Los toboganes cada vez son más altos. La pendiente es cada vez más empinada. Y la reina calva no sabe caer. Tampoco hay mapas que enseñen a caer. La mujer calva está a punto de, otra vez. No hay más elementos. La muerte, el tigre, la mujer. Todo gira alrededor de ellos. La mujer se olvida del tigre. El tigre se olvida de la muerte. La muerte se olvida de. La mujer recuerda una ventana. Mira hacia dentro de la ventana. La herida recuerda el dolor y la reina recuerda el tobogán. El tigre abre la boca. No tiene colmillos. La mujer sabía que el tigre no tenía colmillos. El tigre mira la tarde que está a punto de. El tigre tiene miedo de la mujer. En el cristal solo está dibujado un tigre calvo.


Los interiores

Un hotel al lado del mar. Parece un barco que parte sin hacer el más mínimo movimiento. Es de noche. Las farolas están encendidas y las escaleras de caracol se llenan de luciérnagas. Las paredes le parecen más amarillentas. Todo más decadente –como su literatura-. Las ruinas que pueblan la memoria. Las ruinas de la memoria. Alguien le sonrió en aquel lugar hace cientos de años. Su figura recortada contra un muro de arena que se le viene encima. La primera vez que estuvo aquí, en esta descripción, el hotel estaba aislado. Sólo se comunicaba con la civilización por un hilo de nailon que no tenía la consistencia suficiente para estar cerca de ninguna parte. Sin embargo, ahora estamos mirando este mismo hotel y los ojos sienten los obstáculos de otras construcciones contiguas. Casas de veraneo para extranjeros, pistas de tenis y parques con una lluvia muy fina que sube sin cesar por los toboganes. Señor, la maleta. No trae equipaje. Ni tampoco dinero. Pero sabe que tiene el tiempo justo y que puede que sea la última vez. No quiere lastres. Solo el recuerdo de una fisura divide el suelo en diversas formas irregulares– le trae a la memoria una película de Bergman-. El olor a cera quemada. Habrán hecho una hoguera con todos los maniquíes que sobraron. La habitación doscientos diecinueve, la misma que la última vez. Pero él no es el mismo. Eres consciente de que has cambiado, de que sigues cambiando. Gira la llave y al empujar hacia abajo el pomo de la puerta, abre los ojos y los siente entumecidos porque hace mucho que los tenía cerrados.

La habitación tiene una pared de cristal. Se acerca hacia ella lentamente. Y cada vez siente más ese vértigo que le contrae el pecho y no le deja respirar. De nuevo la pared de cristal, el mar como una alfombra mágica y aquel vértigo escanciando zumo de azalea por el suelo de la habitación. No quiere seguir avanzando. Le da miedo reconocerse a sí mismo mirando desde fuera.

(Nota: La imagen es obra de Marina R. Vargas)

No hay comentarios: