martes, 5 de febrero de 2008

La Torre de las Tortugas

IX Premio de poesía joven Antonio Carvajal

“Un derroche de imaginismo se fusiona con un torrencial narrativismo discursivo dando rienda suelta a su audacia expresiva, a su riqueza verbal, a su efectismo sensitivo.

Ambiciosa y unitaria es la propuesta de Ángela Álvarez, con la que pretende reconstruir poéticamente la historia de la humanidad mediante la acción conjunta de los cinco sentidos: olfato, gusto, tacto, oído y vista.

La palabra poética y el apunte metapoético conforman el exuberante imaginario de este poemario recomendable por su arriesgada factura y sus audaces hallazgos.”

Ricardo Ruiz, Diario de Burgos, 11.2.2007

“Subida a esta lírica “torre”. Ángela Álvarez va derramando un cántico inquietante y sugerente. La contemplación minuciosa de cuanto gira en su derredor, de cuanto rodea –rodeó– su espacio vital, es ahora objeto de reflexión, razón de amor, íntimo enigma. Pero todo ello, atravesado por los cinco sentidos humanos –los cinco apartados en que se divide el volumen–.”

Jorge de Arco, Publicaciones del Sur, Cádiz, 6.9.2007


Poema sobre el olfato:

Hay algo en los aromas que al igual que en la escritura nos conecta con el inconsciente.

Es la imagen de un puente lleno de luciérnagas justo en el momento en que van a caer todas en el umbral de la casa de los abuelos.

Todas yaciendo sobre el patio de un pueblo que pertenece a los ojos de la infancia en el que jugábamos a los héroes y a los poetas malditos.

Y más atrás aún,

cuando la vida era un cúmulo de experiencias por descubrir, cuando abríamos las manos y nos sorprendíamos por la textura del aire o por el olor a polen en las comisuras del día.

Y esas mismas luciérnagas colgadas en la despensa donde la miel caía en cascadas y el pan era una memoria y un olvido.

Y el tiempo soplando las luciérnagas ya extintas hacia las luces anaranjadas de esta ciudad que ahora duerme boca abajo.

Y puede que estas luces sean los restos de aquellas luciérnagas, de la higuera, las viñas y el sudor que los tatarabuelos plantaron en algún lugar de calles finas como las líneas de una mano.

La ciudad se está abriendo como una espiga de monóxido, como una esperanza que se estrella una y otra vez contra este cielo neutral en el que ya nadie nos dice lo que debemos hacer y en el cual ni siquiera hallamos el cadáver de ese dios omnipotente que todo lo ve y todo lo juzga.


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